Patriarcado y el adultocentrismo los pilares que sostienen el techo de cristal

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Patriarcado y el adultocentrismo los pilares que sostienen el techo de cristal

Patriarcado y el adultocentrismo los pilares que sostienen el techo de cristal.

Por: Equipo de Investigación de Educación y Ciudadanía A.C.

El marco del día internacional de la mujer es el espacio para hacer evidente ese techo de cristal, patriarcal y adultocéntrico que impide a las mujeres, en especial a las más jóvenes, desarrollarse en el ámbito público de la sociedad.

Conmemorar el 8 de marzo no es lo mismo que celebrar –no se trata de hacer fiesta por lo maravilloso de ser mujer- sino de alimentar la memoria de lucha de las mujeres, honrar el trabajo que otras desarrollaron a lo largo de la historia, resaltar el esfuerzo de aquellas que continuamente transforman favorablemente sus entornos y denunciar frente al estado los retos que existen para una vida libre de violencia contra las mujeres.

El 8 de marzo rememora que en 1857  las mujeres obreras de una fábrica textil en Nueva York se declararon en huelga contra las extenuantes jornadas laborales superiores a las 12 horas, a los salarios bajos y poco dignos, las movilizaciones sociales fueron reprimidas por las autoridades. Muchos años después en 1909, 140 mujeres jóvenes murieron calcinadas por trabajar en encerradas y bajo condiciones inhumanas.

En la actualidad las condiciones laborales para las mujeres han mejorado, pero no significa que sigan enfrentando diversas dificultades –en especial para las jóvenes–, no solo en lo relacionado al trabajo, también en los espacios de participación y toma de decisiones y ejercicio de la sexualidad.

Existen estructuras y dinámicas sociales que se configuran de manera patriarcal, es decir, que colocan en la cúspide a lo masculino; haciendo que el primer grupo goce de condiciones privilegiadas que favorecen su desarrollo, mientras que, para el segundo grupo se destina una serie de violencias psico-emocionales, simbólicas, físicas, sexuales, económicas y políticas que se manifiestan en actos como la discriminación, el acoso sexual, el feminicidio y el consumo de los cuerpos de las mujeres.

Esas violencias tienen como origen la condición de género que se construye, instala y reproduce en todos los espacios y ámbitos de la vida cotidiana, afectando principalmente a las mujeres al someterlas a relaciones asimétricas de poder respecto a los hombres, es decir, a una suerte de  desigualdad y dominación constante de lo masculino por sobre lo femenino. Situación que se complica cuando otras categorías se hacen presentes, como la edad (niñas, jóvenes, adultas mayores), el origen étnico (mujeres indígenas), la clase social. Esto no quiere decir que los hombres no sean susceptibles a las dinámicas de violencia, pero cuando estas se dirigen a ellos, en lugar de atravesarlos totalmente –como a las mujeres–, se depositan sobre las mujeres para minimizar su impacto, ello debido a la cultura patriarcal. Por ejemplo, cuando la violencia se ejecuta sobre una comunidad arrebatando el derecho humano al agua, aunque los hombres se ven afectados, son las mujeres quienes deben recorrer largas distancias para abastecer a sus familias con el vital líquido, porque se considera que esta actividad es trabajo doméstico y ellas son quienes lo desempeñan.

Esas diferencias son los costos de prácticas culturales basadas en roles de género de lo femenino y lo masculino y tienen alto impacto en la vida de las mujeres, limitando su independencia y solvencia económica, precarizando la vida de las mujeres en un aspecto fundamental, sus recursos.

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La “economía del cuidado”, que en sociedades patriarcales, se deposita como obligación de las mujeres, es un trabajo no reconocido y por ende no remunerado. Cuando las mujeres se encargan de administrar recursos, gestionar servicios, preparar alimentos, cuidar a otros miembros de la familia –tanto de forma cotidiana como en casos de enfermedad–, sostienen una gran parte del sistema de producción, por lo que hay ganancias para el régimen económico. Si se reflexiona acerca de qué sucedería al no realizar estas actividades, se identificaría que la invisibilidad del trabajo doméstico es explotación laboral para las mujeres, una que sobrevive a pesar de todas las transformaciones sociales y por la que vale continuar en la defensa de los derechos humanos.

El trabajo no remunerado en los hogares fue equivalente a más del 20% del Producto Interno Bruto (PIB) para el 2014 (INEGI, Encuesta Nacional del Uso del Tiempo), lo que significó que cada persona, en esta sociedad mujeres en un alto porcentaje, generó  alrededor de $95,388 pesos al año. La misma encuesta revela que son niñas, mujeres jóvenes, mujeres adultas y mujeres adultas mayores quienes más asumen el cuidado del hogar. Vale pensar la violencia del trabajo no remunerado, con un diálogo intergeneracional.

La explotación de la fuerza de trabajo de las mujeres, también está cuantificada en México: según INEGI, en 2015 las mujeres invertían 39 horas a la semana en labores del hogar y cuidado de personas, mientras los hombres destinaron 13 horas a las mismas actividades. ¿Por qué en México las cuidadoras del hogar no disfrutan de la mitad de los ingresos de quienes proveen económicamente del hogar si éstos se benefician del trabajo doméstico?

La situación, lejos de ser más favorable, se agrava cuando las mujeres trabajan en el espacio público, pues enfrentan una doble jornada laboral ya culturalmente cargan el peso que las obliga a responder frente al cuidado del hogar y la familia.

A la economía del cuidado que sobre explota el trabajo de las mujeres se suman las dinámicas de violencia de género, esas que en nuestro país se hacen evidentes con 13 estados del país con Alertas por violencia de género contra las mujeres, 9 donde se tramita y 7 que decidieron ignorarla.

Por un lado en el hogar, la pareja puede despojarle del dinero, bienes y otros recursos de los que es propietaria por herencia o por ser fruto de su trabajo. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica en las Relaciones en los Hogares de 2011 (ENDIREH 2011), reveló que 3.4% (8,000) de las mujeres en el estado de San Luis Potosí fueron víctimas de violencia económica por parte de sus parejas (SEGOB, 2018).

La vida laboral en el espacio público tampoco es alentadora para las mujeres (ENDIREH 2011) pues:

  • 90.2% (81,180) ha son víctimas de discriminación;
  • 23% (20,700) son víctimas de acoso laboral;
  • 48.6% (43,740) reciben salarios inferiores al de los hombres, por el mismo trabajo y puesto;
  • 28.6 (25,740) fueron obligadas a mostrar una prueba de embarazo
  • 51.9% (46,710) fueron acosadas por su jefe o patrón,
  • 62.3% (56,070) fueron acosadas por compañeros de trabajo.

Por estas razones, el 8 de marzo, las mujeres no celebran, no necesitan flores, este día, al igual que sus antecesoras, exigen la transformación inmediata de la violencia para acceder al desarrollo humano.

Cuando se habla de espacios laborales configurados de manera patriarcal, violentos para las mujeres, se describe todo lo anterior, donde las mujeres sobreviven, donde los escalones para el desarrollo tienen desniveles, zonas vacías, o altos muros.

Estas situaciones son las que impiden a las mujeres alcanzar su máximo potencial, son barreras invisibles que las detienen y que en culturas patriarcales, de dominio de voz y voto adulto, no se toman en cuenta para el acceso de las mujeres a una vida libre de violencia. Por el contrario, estos pilares cuanto menos se cuestionan en diversos espacios, se vuelven inquebrantables y desgastan la vida de las mujeres, prometiéndoles que, con su sobresfuerzo alcanzarán el éxito, invitándolas a triunfar a costa de no reclamar las dobles o triples jornadas, recibiendo su talento y capacidades pero sin crédito económico o político por su entrega. Al final, esos pilares, sobrecargan a las mujeres, las enferman y envejecen rápidamente, se apodera de su trabajo, les retira su credibilidad y las envía nuevamente al ámbito privado, en una posición más reducida, porque ya no poseen ni fuerza física para desempeñarse como trabajadoras en sus casas.

El concepto de “techo de cristal” es vivido por muchas mujeres, esto que exponemos líneas arriba son situaciones que se repiten en las historias de vida de las mujeres en contextos donde el 8 de marzo es el día de regalo para continuar omitiendo su voz, para callarla con una cena o un premio, pero nunca para ser el primer paso para darles un lugar como seres humanos.

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2018-03-08T03:46:25+00:00marzo 8th, 2018|Uncategorized|